Memoria y ansiedad.

íDesde que tengo uso de razón, poder de decisión y control sobre mis acciones que cuando no quiero pensar pongo la música a todo volumen. Todos los días, todo el día, cada vez que mi cabeza empieza a cansarse de girar en redondo, subo al tope sin importar qué estoy escuchando. No me interesa quién toca, qué dice o qué significa, sólo necesito dejar de pensar, lo más rápido posible, lo más efectivo que se pueda, de un instante a otro. La música, desde siempre y para siempre, calma mi propio océano y me seda, me transporta, me hace vibrar el cuerpo sin excepción. Subo el volumen a todo lo que da, relajo mi cuerpo, a veces canto por costumbre, cierro los ojos y me entrego. Tengo la teoría de que si dejo mi cuerpo ir mi cabeza se va con él y me deja de romper las pelotas. Quizás una de las peores cosas que tenemos nosotros, los seres humanos, es la capacidad de no dejar de pensar, de darnos maquina, de lastimarnos con los peores escenarios solo planteados por nuestras neuronas para volvernos – un poco más – locos. Quizás una de las mejores cosas que tenemos nosotros, los seres humanos, sea la música para elevarnos y mostrarnos, desde lejos, que podemos parar la mente, reiniciarla y volver a empezar.

Hace ya un montón de años que vivo enojándome conmigo misma, casi todo el tiempo, sin poder controlarlo. Me pasa mucho que me harto, me supero, me doy ganas de dejar mi cuerpo tiradito en un costado y tomar posesión de otro. Como si cambiar de envase sea la solución mágica a todos mis problemas, como si mi mente no me siguiese a donde fuere, como si el problema no tuviese más raíz que este cuerpo maltratado y usado. En esos momentos de huida, de elucubración, de buscar alguna macumba que lo haga posible, me planteo que la vida quizás sí sea así de simple. Quizás cambiar afuera sea la forma de cambiar adentro, que si empiezo a verme de otra manera en el espejo mi cabeza crea que lo logré, que ahora si puedo, que es mi momento de empezar de cero. Estoy siempre esperando el restarteo de un reloj que no llega mientras voy viviendo en tiempo descuento, a las corridas, esquivando los reflejos, cerrando los ojos ante los espejos largos y anchos. A veces, unos segundos antes de que mi mente se limpie y el cuerpo se eleve ante la música, pienso seriamente que quizá la vida sea fácil en serio, que en una de esas cuando se termine la canción y yo tenga que ponerle play de nuevo a mi vida, mi mente más limpia me va a decir que ya está, que ya pasó, que ahora tengo que aprender de cero porque soy una nueva. Pero nunca pasa y el reloj corre más rápido.

Supongo que después de tanto camino recorrido hay algunas cosas en mí que empezaron a hacerse livianas, a conciliar adentro mío, a hacer buenas migas con todo eso que quizás me gustaba genuinamente. Dones, defectos, virtudes sin virtud. Prejuicios que me fui marcando yo misma, detalles que me pesaban un montón. Toda la vida me recriminé tener rulos, haber nacido chueca, tener un tic nervioso con las manos pero un día me cansé de vivir cagandome a pedos y aflojé. En 25 años me dije más veces “Sara, basta” de las que me felicité. Me dolí tanto en cada latigazo que llegado un punto me cansé y empecé a amigarme con algunos temas. Quizás ya no me castigo por tener un tic, por caminar mal, por ser pajera. Ya no me pego tanto cuando me equivoco, cuando hablo de más, cuando dejo que mi ansiedad me anule. Ya está, ya aprendí, me empecé a calmar. No me soluciono odiándome, no me hago la vida más fácil ni me quiero más, simplemente me calmo el tsunami personal y me tranquilizo en vez de ponerme en penitencia. Me curo un poquito más el alma cada vez que me miro con compasión en vez de lastima.

En todo este tiempo – 25 años me suenan un montón pero es claro que son muy pocos – uno de los dones que más odie es el de la memoria casi absoluta. Tengo la cabeza llena de datos innecesarios, de fechas que no me sirven saber, caras de personas y cumpleaños de gente que vi una sola vez en la vida. Cosas que no me sirven para nada, que ocupan espacio, que a veces atacan durante la noche y me dejan pensando. Ustedes no se dan una idea la cantidad de veces que me quedo pensando “una vez dije algo que se pudo mal interpretar por eso quizás hoy, mil años después, no me hable más” porque si hay alguna mala combinación en este mundo es tener espacio para almacenar cada pelotudes dicha o hecha y tener ansiedad. Esa que te carcome y te recrimina cada paso mal dado, cada palabra dicha sin querer, cada mensaje mandado en plena ebriedad. Porque la ansiedad es así, te desacomoda, te hace pensar, te aniquila la espera y te convierte en un ser totalmente irracional. Mezclada con la memoria hija de puta te vuelve inestable, un ser casi insoportable para vos mismo. Son mis dos peores enemigos juntos y potenciados. Son quienes no me dejan tranquila, me comen el cerebro todo el tiempo y al final, me regalan el insomnio más devastador del planeta.

En toda esta mezcla maldita, en mis ganas terribles de dejar de molestarme, de querer mudarme de cuerpo, de detener el tiempo y callar mis neuronas cuando gritan y me aturden, me voy descubriendo en las verdades más normales y absolutas del mundo. Ser tan de manual, tan previsible y poco original ya está  muy lejos de molestarme. A veces siento que todo esto que recién contaba – la memoria de la mano con la ansiedad – hacen que todo duela más y pegué más fuerte. Desde que tengo memoria cada comentario hecho hacia mi persona se me queda grabadito en la cabeza y se repite sin parar. Haría un reality show mostrando solo mi cabeza y la cantidad de veces que me repite “te acordás cuando te dijeron que de tan rara que sos era re difícil quererte?”. Todos los días, toda la noche. La de veces que me paré frente al espejo y, mirándome a los ojos, me dije firmemente que soy tan intensa que a la gente le cuesta seguirme el ritmo, que entrego todo mi corazón de una y la gente se aburre, que él tampoco va a gustar de mí, que no me merezco que me hablen. Y cuando me estoy dando cada vez más fuerte, manteniéndome la mirada, desafiándome a ver cuán lejos puedo llegar esta vez, me doy cuenta que le presto mucha atención a todos y que eso no me lo inventé. Todo eso que alguna vez me dijeron, escuche o intuí me va destruyendo de a poco, dándome material para la bomba interna que me planto todos los días. A nadie le gusta una mina tan insegura, me digo. Y entonces hago pie en el quilombo y me abrazo un poco. Si nadie me va a abrazar, mejor que lo haga yo misma. Cuesta una bocha, segurísimo, pero ustedes no saben con que fuerza intento todos los días ahorrarme un comentario, pensando que muy pronto va a llegar el día en que me mire y salga algo positivo.

La realidad también es que todo esto lo soy. Soy ansiosa hasta la manija, odio esperar, me pone nerviosa estar nerviosa y me mata la intriga, no la soporto, saca lo peor de mí. Soy mandada, no espero a que me den paso, si quiero hablar con vos te voy a hablar, no me parece mal iniciar una conversación, hasta me puedo llegar a animar a invitarte a salir, a decirte qué me pasa cuando me pasa. O no. O simplemente no hacerlo, esperar a que me hables, enojarme porque no lo haces y sentir que no me queres ni ver porque nunca lo dijiste. Y que me duela. Que me duela profundamente si te cae mal que lo haga o que no lo hagas vos. Porque siempre todo me duele, al menos al principio, hasta que me doy cuenta que está bien, que todo va encaminado. Soy inestable a niveles terroríficos, suelo estar deprimida para mis adentros pero si lo tengo que explicar va a ser en base a chistes, me gusta hablar de lo que me pasa si el momento lo amerita y suelo aprender de mis errores – hasta ahí -, no me calman muchas cosas pero me gusta muchísimo cuando alguien se suma a mi humor negro ante el dolor, es como un bálsamo ante tanto bardito. Soy un desastre, un huracán, un quilombo, un pogo de los lindos. Soy un monton de cosas que me cuesta demostrar y otras miles que la gente suele ver a primera vista. Soy un cumulo de pensamientos y de cosas sobre analizadas. Suelo pensar que nadie me quiere y que todo va en mi contra, que no me merezco nada, que cago todo lo que toco. Pero también soy esta que se ríe a carcajadas sin parar, que disfruta la birra en el balcón y que prefiere burlarse del dolor antes que demostrar cuanto le pega. Porque riéndome me sano, me libero y me rearmo. Porque riéndome le gano minutos al tiempo, freno las agujas y me vuelvo la misma canción que tanto me elevó. Porque riéndome ahuyento los fantasmas y voy caminando, despacito, a mi pequeña redención diaria.

Blanco – blanquísimo .

Cuando mamá decidió reformar todo el departamento, cambiarle los pisos, los placares y los techos le pedí – por favor – que mi cuarto no tenga ni una sola pared blanca. Ni el techo. Por favor ma, nada de blanco. Nos mudaron a lo de mi padre durante unos meses, en el medio me fui de viaje de egresados, me enojé con mi mamá, me escapé de mi casa y cuando me tocó volver me encontré con una pared verde, muebles nuevos, una cama muy alta y tres paredes (y techo) blanco. Un blanco intimidante, nuevo, impoluto, totalmente puro. Un blanco bien blanco que me miraba fijo como diciéndome “vení, intenta mancharnos, a ver si podés con nuestra blancura perfecta”. Todo ese cambio de cara a la casa donde habíamos vivido toda la vida era una especie de demostración al mundo de que nosotros también cambiábamos. Mi vieja quería mostrarles a todos que después de tantos años complicados éramos distintos, nuevos, renovados. Entonces cambió todo de un saque pero se olvidó de cambiarnos a nosotros. Mi primer recuerdo en esa casa que ya no parecía propia es el de sentarme en una cama muy alta, nueva e incómoda, de cara a una pared que me daba miedo. Una pared que me decía que todo era desde cero y que me la tenía que bancar. Una pared que todavía miro con respeto, con el sentimiento de que a veces lo nuevo no me gusta para nada y que salir de mi comodidad me rompe las pelotas.

Fueron pasando los años y la pared fue mutando con ellos. Lo primero que hice, después de recuperarme del shock, fue llenarla de fotos, de mensajes y de recortes. Me procuré que no le quede ni un solo espacio vacío. Pasaba el tiempo y las fotos cambiando, la gente mutando y los carteles despegándose de a poco. Mira si será conchuda, esa puta pared, que me vive despegando las cosas. Fui aceptándola de a poco, manchándola cuando nadie me miraba, sacándole pedacitos mientras tiraba con fuerza de la cinta de papel pegada. Fui haciéndome amiga de ella mientras en la rabia de un desprevenido ataque le arrancaba todo lo que tenía puesto, quedándome sentada en el piso, espalda contra madera, mirando fijamente como ese blanco, ya no tan impoluto, me decía mil cosas en silencio. Un poco descubrí por donde iba tanto mambo cuando, borracha y bastante eufórica, aprovece la soledad de mi casa muy entrada la madrugada y con un lápiz color rojo le escribí encima ‘lo que más me duele es la ausencia del todo’ y me fui a dormir tranquila, sin preocuparme. Cuando me levante la tarde siguiente me quedé acostada, mirando, intentando entender un poco qué me pasó en ese momento y porqué me pareció una buena idea escribir una pared. Al rato, cuando la resaca maligna me dejo moverme, agradecí al cielo por dos cosas: 1- la pintura lavable y 2- la costumbre de mi madre a irse de viaje. Nadie era testigo de que en tiempos de bardo deje ver un poquito más mi interior y puse en palabras lo que por dentro, sin querer, me estaba matando.

Pasó tanta gente por esa pared, tantos sentimientos escritos en post-its y tantos recortes de revistas que intentaban decirme algo, que a veces olvido que abajo de todo eso había algo que me daba miedo. Durante mucho tiempo, para tapar lo que dolía, la use de pizarrón que demostraba exactamente lo que me estaba pasando ese día, esa hora, en ese momento de pegar lo que fuera con un poquito de cinta amarillenta. Algunas veces le ponía la fecha, el momento, el lugar. El día que se murió mi abuelo, quién fue (y es) uno de los mayores amores de mi vida, le pegué un post-it al lado de una foto donde estábamos los dos. Con la letra más prolija que pude hacer escribí ‘ci incontreremo di nuovo’ y lo pegué al ladito nuestro, sin darme cuenta que en realidad había escrito mi primer tatuaje, el cual llegó un par de meses después, en forma de despedida a quién más me había amado en el mundo. El día que me enteré que mi novio de ese momento me estaba cagando con una pendeja puse un papelito que rezaba ‘ojalá pudiese odiarte más, la puta madre’ y lo dejé ahí hasta que lo pude hace realidad. Fue el lugar donde descargué el dolor y me di valor para salir a hacerme fuerte. Fue la necesidad de pelearle al miedo y entregarme a que todo puede pasar, a salirme de la comodidad, de dejar de ser tan malcriada. Fueron las ganas de ser diferente a como todo el mundo cree que soy. Y fue el entregar el alma y ponerla en palabras e imágenes. Una vez, de chica, alguien a quien quise mucho me dijo que donde algo me de miedo entregue el alma por completo. Que si aprendo a pelearle a mis fantasmas con el corazón en la mano nadie podría hacerme nada.

Hace ya un tiempo que el blanco está presente, casi en su totalidad. Cuando quise sacar todo, reinventarme en forma de pared y  volver a empezar, lo cual hago bastante más a menudo de lo que me gustaría admitir, decidí que quizás está vez lo mejor sería dejar que predomine esa blancura terrible. Soy bastante consciente de que muy probablemente sea el último cambio que haga, que la próxima va a ser en mi propia casa y bajo mis propias reglar, por lo que sentí que debía rendirle un poco de homenaje a tantas noches de insomnio amenazante y dolores transformados en oraciones pegadas. Está vez las palabras están escritas sobre papeles blancos formando una sola oración que explica todo: we keep this love in a photograph. Y así, al rededor, le fui pegando ordenadamente cada una de las polaroids que últimamente resumen mi vida. Mi cumpleaños, mis amigas, hermanos, mamá, papá, nueva york, libros, momentos y lugares. Todos ahí, uno al lado del otro, ordenadamente. La música no mata está al lado de mis amigos haciendo música. La foto de mi libro preferido viene pegadita a la de mis hermanos riéndose a carcajadas. Todo mi mundo feliz, mi lado más brillante, mis lugares perfectos y los corazones que tengo grabados adentro, uno al lado del otro, como hilando lo que fue mi último año. Un año en el que cambié, crecí, me establecí, me doble de dolor, perdí gente y lloré como una condenada. Un año en el que entendí que la angustia puede doblegarme y el universo pesar más que nunca. Un año donde cada una de las manos que me rodeó me salvó un poco más y sentí que había gente haciendo lo que yo no podía: cargar mi cruz. Pero también un año donde la ausencia fue más fuerte, el peso imposible y la soledad una buena amiga todas las noches. Donde los rasguños se hicieron realidad, las marcas más visibles y las ojeras permanentes. Pero todo ahí, junto, mostrándome que sobreviví. Que pasé el peor año de mi vida aireada, nueva, renovada. Que yo puedo, que tengo las herramientas, que tengo lo que quiero y que soy todo lo que tengo. Fotitos que, sin querer, me demuestran que tengo un ejército enorme y que aguante pelearle a todo lo malo, mi amor.

De tanto blanco, tanta fuerza y pensamiento un día llegué cansada, odiada y pesada. Esos días dónde no sabes qué fue pero sentís que todo salió mal. De tanto blanco, fuerza y pensamiento me quedé mirando fijamente cada una de esas fotos, que nunca dejan de ser lo que quiero que sean: una especie de armadura que me pongo antes de salir de mi casa hecha con tanto amor como puede ser posible y que me da el impulso necesario para todo. Porque cuando creo que las rodillas se doblan me recuerdo a mi misma que tengo todo eso, que puedo mantenerme en pie. Pero ese día, sintiendo que el aire pesaba más y entraba menos en mis pulmones, entre decidir qué comer o si irme a dormir directo, me quedé mirando atentamente, una por una, cada cara y cada amor. Entonces ahí te vi, medio desubicado, bastante de más, sin tener correlación con lo que pasaba en las fotos que te rodeaban. Estabas rompiendo el hilo fuerte que las unía, dejando un hueco, generando discordia, haciéndome mirarte fijo, clavarte los ojos, intentando entender qué pasó en los últimos meses. En qué falle o qué viste vos en mí como una falla. Porque sí, porque siempre soy yo el error, al menos con vos. La que está mal, desubicada, mandada y rota. Siempre yo, nunca vos. La peor parte es que eso vos no me lo hiciste creer sino que me lo inventé yo solita. La peorisima parte es que verte ahí, estático, en una sonrisa y un abrazo que recién se empezaban a acomodar pero anticipaban la tormenta. Como diciéndome “acá empezó el quilombo y no te habías dado ni cuenta”. Así que agarré esa foto de tamaño de tarjeta de crédito y la arranqué con fuerza. Con mucha más de la necesaria, marcando la foto y doblándola en el tirón, dejando en el movimiento feroz un poco de todo eso que me había estado astillando las ganas todo el día. Miré el espacio en blanco, agarre con mucha parsimonia un lápiz cualquiera y escribí, como pude, en ese mínimo espacio. Hasta el día de hoy, en color rojo furioso, en el espacio en blanco donde claramente antes había un recuerdo reza ‘lo que más me duele es la ausencia’.

Pasaron un montón de cosas en el medio y siguen pasando mil más. Siento que este último tiempo los minutos corrieron demasiado rápido, tanto que me costó alcanzarlo, que me dejo quieta en algunos momentos. Tuve días de ansiedad muy alta, de inestabilidad y de llanto escondida bajo el agua de la ducha. Tuve días donde me dolió la panza de risa, donde la sonrisa era la más grande del condado y el mundo parecía un lugar maravilloso. Tuve días en los que me dolió muchísimo menos y otros donde me quedé mirando el rojo de las palabras y el blanco de la falta durante horas pensando en que no fui suficiente para vos y eso es, quizás, lo que más me duele. Porque intenté ser todo y no llegue a ser nada, quedándome en el medio de quién prueba y no puede, con ese sabor amargo de haber arrancado y frenado en seco en el camino. Tuve días en los que me puse tus alas y seguí volando alto y viendo todo desde lejos y otros donde las mismas no aleteaban y quedé bien en el suelo, pesando más, siendo más yunque que pájaro. Tantos días donde pensé y pensé y volví a pensar dónde había fallado y dándome cuenta que en esta vida no puedo seguir intentando ser algo más de lo que soy y que ojalá me  hayas querido siendo este bardo incalculable, este manojo de emociones y esta inestabilidad que solo necesita de un abrazo para alcanzar la balanza perfecta. A veces miro el vacio y pienso que ojalá me hayas querido más. Tengo días de odio y enojo y un montón de nostalgia y sonrisa triste. Tengo todo eso pero no te tengo a vos. Y es que hoy, cuando me levanté y leí esas palabras que tanto me golpean en el estomago me di cuenta que tu amistad fue tanto un cable a tierra que me terminó atando pero que igual, aún así, un día nos vamos a volver a encontrar en el medio del camino, nos vamos a mirar a los ojos, vamos a reírnos a carcajadas y yo te voy a querer igual que todos los últimos años. Va a ser volver a casa. Porque con tu amistad sigo volando siempre y cuando estés acá. Porque no hay dolor que le gane al amor. A veces pienso que me tengo muy merecido perderlo todo pero después me doy cuenta que en realidad necesito que alguien me golpeé y me demuestre lo contrario. Y en el blanco de esa pared que me dio miedo casi toda mi vida, en lo poco que me gusta salir de mi comodidad, que odio lo nuevo, que detesto sentir, que me demuestra que yo nací de colores y por eso me incomoda, que me pegó donde más me duele y se transformo en mucho más que un pedazo de concreto, me doy cuenta que está todo bien porque la ausencia del todo será lo que me duele pero la presencia de lo que me rodea es lo que me salva. Y aguante ser salvada por tanto amor, bebé.

– c r e e r

Creo en las letras, en el poder que contienen cuando se las junta para formar una oración.

Creo en la fuerza que generan cuando hacen la palabra que queremos, cuando la queremos.

Creo, lamentablemente, en el dolor que pueden generar cuando se usan de manera incorrecta.

Creo mucho en las palabras, pero creo aún más en el amigo que las pronuncia en el momento justo, en el más necesitado.

Creo en los amigos, esos que aparecieron hace poco y dieron vuelta todo. Y también en los de siempre, con los que no hace falta hablar, que entienden mi mirada.

Creo en la incondicionalidad de aquellos que buscan verte bien.

Creo en la entrega absoluta de un ser, lanzado al amor más puro: ese que no espera absolutamente nada a cambio.

Creo en el amor más desinteresado de todos.

Creo en el encuentro fortuito de dos almas, con todo lo que puede generar el choque de dos espíritus.

Creo en la sonrisa fácil, en el regalo que eso significa y lo que repercute en la mía. Creo (mucho) en el contagio de la misma.

Creo en un abrazo de reencuentro, en sanarnos cuando se fusionan dos almas. En sentir que ese abrazo junta nuestros pedazos y nos vuelve a unir.

Creo en la lucha diaria por lograr un objetivo. También en la satisfacción de cumplirlos.

Creo en la gente que deja todo para cambiar el mundo y en la admiración que siento por cada uno de aquellos que logran cambiar MI mundo, haciéndolo un lugar muchísimo mejor.

Creo en la vibración de la música, en sanarse mediante letras y melodías. Creo en el sentimiento de elevación que genera un ritmo.

Creo en todos esos momentos que nos hacen sentir Eternos e Infinitos.

Creo en los corazones rotos, vueltos a juntar, arreglados a las apuradas y emparchados.

Creo en sanarnos y curarnos, cada herida y cada dolor. Volver a armarnos desde la rotura y, aunque ya no sea lo mismo, salir a encarar el mundo así.

Creo en la curación y salvación del espiritu. Que todos merecemos ser salvados. Que todos merecemos ser amados.

Creo en renacer desde el dolor. Y creo, fervientemente, en aquellos que lo logran.

.09-xx16.

Al principio creía en todo pero después me calmé. Habrá sido la edad, el ver cosas nuevas, entender todo un poco más o simplemente la adolescencia maldita y llena de escepticismo. Pudo haber sido cualquier cosa, pero el resultado fue dejar de creer en lo extraordinario. La magia, las hadas, las energías y el karma. Los milagros, el amor y  la sanación. Cosas y conceptos que se fueron escapando de mi mente a medida que fui creciendo y viendo la realidad. Cuando dejé de creer el mundo se transformó en algo gris y oscuro, aburrido y monótono. Lo peor de dejar de pensar que todo puede suceder y todos podemos cambiar, fue el aburrimiento. Cuando las cosas no son extraordinarias, todo se vuelve tipico e igual.

Al principio creí que la solución era enamorarme. Porque quizás así volvía a encontrar la magia y volvía a creer en todo. Porque, en una de esas, sintiendo algo podía sentir todo de nuevo. Cómo si por arte de magia todos mis problemas se fueran con el amor. Estaba muy segura. Tanto que buscaba chispazos de química en todos lados. Si me mirabas muy fijo pensaba que quizás querías invitarme a salir porque en una de esas te parecía bien gustar de mi. Me envalentoné con todo porque yo necesitaba enamorarme y hacer borrón y cuenta nueva. Necesitaba, eso creía. Un pibe que venga y de vuelta todos los conceptos que tenia sobre el amor. Que se ria a carcajadas con mis chistes pésimos sobre política, que disfrute de cada meme mal hecho y mal explicado que podía llegar a mandarle. Alguien que no le moleste la luz a las 5 de la matina mientras yo no puedo dejar el libro que estoy leyendo, es imposible, necesito terminarlo antes de irme a dormir. Y terminar sin dormir, ninguno de los dos, porque la historia tuvo un mal final y yo tengo que llorar un montón. Un hombre que quisiera acompañarme a todas mis películas de superhéroes, que me escuche hablar con fervor sobre Thor o sobre Capitán América. Que le guste mi geekismo, mi nerdismo, todos los -ismos que cargo con orgullo pero a veces tengo que esconder. Por miedo, vieron. Miedo a que me juzguen o a que no gusten de mi por ser todo eso que a los veinticuatro, quizás, no debería ser más. Al principio creía que la solución era enamorarme pero más aún que alguien se enamore de mi.

Pasó un montón de tiempo entre creer en todo y no creer en nada. No fue algo repentino, de un día para el otro. Más bien fue algo lento, casi doloroso, en dónde día tras día caía una creencia vieja. Cuando dejé de creer en el amor fue porque me di cuenta que no podía pedir perfectos e imposibles, que si seguía soñando con el principe de color que viniera y me salvara, gustandole por entera, me iba a quedar esperando toda mi vida. Justo para esa época un amigo me dijo que yo necesitaba amar menos al mundo y amarme un poco más a mí. Pero el no sentir nada me resultaba más atractivo y peligroso. Yo siempre prefiero el peligro, es mi defecto mejor.

Lo que vino después fue un espiral de malas decisiones, de amores que no servian y peleas bajo la lluvía a los gritos pelados. En algún punto me creí la telenovela mexicana y la empecé a vivir a fondo. Desplantes, cachetazos, corridas, mucha lluvía y taxis a puro llanto. Seguí buscando en cada corazón desvencijado un huequito dónde pasar el rato, pero no terminaba de encontrar nada. Había dejado de creer en todo pero había empezado a creer que la solución de mi quilombo venía en forma de otro. Tenía muchisimas ganas de que me curen, me sanen, me vuelvan a armar.

En el medio de tanto quilombo apareció alguien, me dio un ratito de refugio y me quiso un montón. Mucho más que un montón, diria. Fueron días, meses, años enteros de risas sin parar, de subidas y bajadas, de llantos en el piso de mi cuarto. Fueron un montón de alegrías, de envoltorios de chocolates acumulados, de cervezas del mundo. Fue soñar y crecer y volar. Fue todo eso bueno que uno quiere, haciendome convencer que siempre había tenido razón: sólo necesitaba que alguien se enamore de mí. Pero no, esa vez tampoco tenía razón. No basta con querer para salvar. Él nunca me había querido bien y eso lo notaba todo el mundo menos yo. Era hora de salirme de esa, de correr para el otro lado, de desarraigarme de un amor que tanto bien (creía yo) que me hacía. Entonces salí con vida pero más herida que antes. Todo mi plan perfecto se había ido por la borda cuando me di cuenta que había buscado que alguien me sane pero me fui más rota que antes.

Después de eso el espiral volvió y más fuerte que nunca. Hasta que toqué el suelo con la jeta, grite basta y me tuve que calmar. Y acá estoy. En ese proceso de rearmado personal, ya sin esperar que venga alguien a  juntarme los cachitos. ‘me rompiste para siempre y para todo el que venga después’ decía un mensaje que mandé hace poco. Al inombrable, al que todavía veo con recelo, al que me gustaría abrazar un montón pero con violencia. Porque el amor duele un montón y el lo hizo doler más que nada. Ya no creo que la solución este en que alguien me ame, pero tampoco se si puedo sacarmelo de la cabeza. Quizás sea que todo eso que quise que alguien quiera de mi primero me tenía que gustar a mí. Pero es muy fácil decirlo y escribirlo. Es casi imposible llevarlo a la práctica.

Todavía me cuesta un poco entender en que creo pero tengo la leve sensación de que no me importa. La magia, las hadas, las energías y el karma. Los milagros, el amor y  la sanación. Estuvieron siempre en mí aunque no las quise ver. Soy un quilombo andante, llena de dudas y de ansias. Soy una tempestad de emociones que a veces nadie quiere sentir ni verme descubrirlas. Tengo un cumulo de ansias en el cuerpo, como electrones y protones contenidos y chocando entre ellos, que siempre me dejan al borde del abismo. Estoy entre caer a la nada oscura o tirarme a tomar sol en el pastito. Pero ni idea, siempre ando reviendo que soy y a dónde voy. Ya me cansé. A veces creo mucho y otras veces no creo ni en mi. Pero vamos, es normal. No me hagan creer que no.

Por lo pronto, mientras pasa este huracán, yo estoy acá: bailando en la tormenta que queda a su paso.

Hoy, por vos.

Dejé entrar el primer recuerdo que se me viniese a la cabeza. Así, sin filtrarlo. Lo primero que pienso cuando me despierto y veo qué fecha es me desconcierta, y no puedo evitar reírme a carcajadas. Ese día te grité con todos mis pulmones y te asustaste. Siempre nos burlamos de que mi voz era bastante potente, pero no te esperabas esa fuerza en el grito. Te dije que te fueras, que desaparezcas, que te vayas de mi periferia. Te pedí, a los gritos, que te alejes de mí. Mucho más bajito, con una calma que te espantó, te pedí que te fueras de mi casa. Sacaste todas las llaves y cerrojos que le ponía a esa puerta del demonio cada vez que estaba adentro, la abriste y te fuiste sin mirarme. Escuché un portazo y me tranquilice. Te habías ido y eso estaba bien, porque yo te lo había pedido. Me senté en el suelo y me quedé en blanco. Estaba todo bien, no pasa nada. Pero me largué a llorar y no supe qué carajo hacer. A los cinco minutos me mandaste un mensaje preguntándome si ya se me había pasado y no te contesté porque lo único que tenía ganas era de matarte. Una vez más. Pasaron un par de minutos más y me lo volviste a preguntar. “dale, ya está? estás mejor?” y cuando estaba por escribir la respuesta, mandándote al corno y mucho más lejos también, escuché los dos golpecitos en la madera, suaves y sutiles, y sentí como la puerta se abría lentamente. Nunca te habías ido. Te sentaste al lado mío, te reíste de costado – cómo siempre – y me diste la mano. “no planeo irme a ningún lado, así que vamos a dormir”. Te metiste en la cama que estaba contra la pared y te quedaste mirando hasta que yo hice lo mismo en la mía. Al rato sentí tus pasos y el peso de mi colchón cuando te acostaste al lado mío. “Sos demasiado terca, pendeja. Un día de estos no vuelvo, eh” y yo, entre dormir y querer cagarte a trompadas me reí. Porque no, eso no iba a pasar nunca.

Me pasé todo el día pensando en vos. Después de acordarme de eso, me acordé del día de la tormenta en chapadmalal. Sobre todo se me vino a la cabeza tu sonrisa cada vez que lo volvías a contar. Estábamos ahí, tranquilos, mirando el mar. Los chicos habían entrado porque había buenas olas pero vos te quedaste conmigo. En esa barranca que con los años se había armado, a fuerza del mar subiendo cada vez más arriba, arrinconándonos cada vez más atrás contra el medano. Estábamos acostados y vos no parabas de cantar una cumbita horrible que había sonado la noche anterior. Quisiste repasar tu noche, una vez más, pero te corté en seco. Ya me lo habías contado, ya sabía que la anécdota terminaba con vos chapándote a una chica en la caja de una camioneta, mientras adentro todos cantábamos. Lo sabía porque lo había vivido con vos. Como todo y como siempre. Vimos como el cielo se iba poniendo negro pero nos quedamos ahí tirados, en esa duermevela del cansancio y la arena calentita de pleno enero, con las capuchas de los buzos puestos, pegados, tapados con un pareo y mi cabeza en tu hombro mientras vibraba en cada nota que flasheabas arreglar. La primer gota cayó y la siguieron un millón más. Se estaba largando la lluvia y los únicos que podíamos poner todo a resguardo éramos nosotros. Así que juntamos fuerzas, subimos un par de pasos y guardamos todo adentro de la carpa. Los chicos salieron por la escollera y corrieron directo a resguardo, mientras nosotros en silencio los vimos irse, sin ganas de correr. Estábamos tan bien que no queríamos hacer ningún movimiento. La tormenta empezó muy fuerte y siguió así durante dos horas en las cuales sólo te levantaste para ir a buscar tu guitarra, volverte a acomodar y empezar a tocar todas esas melodías que sabías que me gustaban. Cuando paro el agua y todo pareció en paz yo ya estaba llorando. La parte que nunca contamos es que en ese momento te acurrucaste al lado mío y me dijiste que ibas a hacer todo lo que estuviese a tu alcance para sacarme esa tristeza. No sé si en ese momento te quise tanto como te quise cuando lo lograste.

En realidad pienso todo el tiempo en vos. Pienso mucho en todos los veranos en los que me cuidaste, alejando a todo el mundo que sabías no era para mí, me consolaste, me hiciste un lugar para dormir, jugamos a las cartas y nos reímos a carcajadas. Fuiste mi primer amor y el único que no me molestó conseguir, aunque vos nunca lo quisiste aceptar, diciendo que un día te ibas a enamorar de mí y yo me iba a hacer pis de la emoción. Pero siempre me gustó verte tan feliz que nunca me importó que esos primeros años vos no me miraras de la misma forma. Te vi enamorarte tantas veces, de cada chica diferente, cada persona que pasaba, que me curé de espanto. Vos eras de todos pero de nadie y eso era lo que más me gustaba. Nunca fuiste mío porque eras una parte de mí. La más calada y más difícil. La que me recordaba que alguna vez fui chiquita e indefensa por lo que tenías que venir vos a defenderme. La que me decía una y otra vez que no haga las cosas por impulso, que las piense un poco más, que no me crea lo que me decían los demás. Fuiste mi conciencia más aburrida pero la que más ansiaba escuchar.

Pienso un montón en el resto de los días del año, esos que no eran verano y nosotros no estábamos peleando contra el mal al lado del mar. Esos en los que no nos veíamos si no era por casualidad, porque creíamos que era perder la magia del verano. Nuestra amistad era así: fuerte, intensa y destructora de males. Pero duraba solo tres meses y cuando cambiábamos las ojotas por los zapatos pasaba a ser algo virtual. Llamados en la madrugada e intercambios de mensajes que duraban horas y días, pero no mucho más. Cuando, sin querer, nos encontrábamos en algún antro de la ciudad nos reíamos a carcajadas. Me abrazabas bien fuerte, me presentabas a tus amigos diciendo “ella es lo mejor que me pasó en la vida”, nos tomábamos una cerveza y cada uno por su lado. No nos sacábamos fotos porque la magia. Siempre la magia. Una de las últimas veces que nos encontramos así, de la nada, fue en un centro cultural. En éste momento te debes estar riendo a carcajadas preguntándote porqué traigo esto a colación. Nos vimos en la puerta de un antro de mala muerte, tu preferido. No tengo ni idea cómo pero terminé ahí, muy borracha, caminando entre la gente mientras una banda tocaba en el escenario. Me choqué con alguien, lo putée por tirarme toda la cerveza, levanté la mirada y ahí estaba tu sonrisa. Esa sonrisa de dientes macabramente alineaditos. La mejor sonrisa de todas, que todavía no logro volver a encontrar. Me agarraste bien fuerte y me dijiste al oído que sabías que estaba ahí. Lo habías sentido. Y yo, con mis pocas ganas de creerte, me reí muy fuerte en tu cara mientras me mirabas mal porque habías confesado tus superpoderes. Sentirme entrar a los lugares. “Que superpoder de mierda, mi vida, estás para cosas mejores”. Te alejaste de mí con cara de orto, te quise seguir y caí de cara al piso, casi desmayandome del dolor. Terminamos en una guardia, mientras vos te reías y mi cara se iba poniendo cada vez más violeta. Es de mis recuerdos favoritos porque cumpliste tu promesa. Estabas ahí, al ladito mío, como me habías prometido.

La última vez que nos vimos cara a cara fue un día de muchísimo calor en enero. La ventana  de mi cuarto todavía estaba rota, por tu culpa, y una corriente tibia entraba por el agujero cargadísima de olor a mar. La playa que siempre odiamos queda a tres cuadras y lo único bueno que nos traía era ese olorcito a la madrugada, de las olas que van rompiendo en la orilla cuando todavía no hay nadie. Estábamos todos muy contentos, riéndonos sin parar, cantando a los gritos, aprovechando cada minuto que teníamos juntos porque sabíamos que al día siguiente nos íbamos. Todos. Por primera vez en años, la aventuraba terminaba a fines de mes,  nos separábamos hasta el verano siguiente, y necesitábamos disfrutar la última noche. Contamos todas las anécdotas que se nos ocurrieron, hicimos promesas para siguientes años y flasheamos vernos en febrero. Parecía sacado de una escena de verano del 98. Cuando se fueron los chicos vos te quedaste conmigo, sin que te lo tuviese que pedir. Unos días antes yo había recibido una noticia horrible y en cada momento de mi llanto habías estado bien cerca, abrazándome, calmándome las tempestades. Pusiste la cama contra la pared y te sentaste mirando la ventana. Íbamos a ver el amanecer cómo cuando éramos chicos, porque sabíamos que salía por ese lado y desde mi ventana teníamos palco preferencial de ese espectáculo veraniego. Me hiciste un lugar en el colchón y nos quedamos en silencio. En algún entre el alcohol y la resaca te dije que tenía mucho miedo de que, en algún momento, la muerte me termine de arruinar. Te reíste y me dijiste, con las palabras muy pausadas, que no me preocupe. No me iba a pasar nada porque vos estabas siempre cerca cuidándome. Y que, igualmente, cada persona que se me había ido se quedaba bien cerca mío en espíritu. Siendo mis propios ángeles guardianes y cuidadores de mí sueño. Me quedé dormida mientras tarareabas una canción de Oasis, abrazándome y haciéndome sentir segura y en casa. Después de eso no te vi nunca más.

Pero acá estoy, pensándote cada segundo e intentando no llorar. Sos mi ángel guardián preferido y lo sé desde el momento en que me entere que no estabas más. Como si estuvieses acá pisándome los talones, riéndote cuando miento y haciéndome cosquillas cuando estoy por colapsar. Estas acá cuidándome la espalda, agarrándome para que no me caiga, dándome la mano cuando creo que todo está mal. Y te extraño. Con cada minuto que pasa y cada respiro que tengo. La vida no es la misma sin vos. Es muchísimo más aburrida, estoy segurísima.

Feliz cumpleaños.

Noventa-y-uno.

Hace tres meses que miro una página en blanco. En teoría son, algo así, de noventa y un días. 91. De mirar y mirar como titila el cursor en una pantalla tan blanca que da miedo. Terror. Lo pienso, le doy vueltas, lo sopeso. Intento. Escribo una palabra, después otra y otra y se hacen varias. A veces llego a un párrafo. Lo releo y cierro la hoja, porque nada es bueno y todo me demuestra lo que no quiero ver: ya no puedo hacer esto.

Entonces llega el silencio. Pero no afuera, sino adentro mío. Todo queda en mudo, sin hablarme a mí misma, sin decirme nada. Como si tuviese vergüenza de escucharme  decir lo que ya todos sabemos. No creo en la mentira de que el cerebro no se calla porque yo sé hacerlo. Lo pongo en pausa, se queda sin voz y ya no queda nada más que lo que no se dice, lo que me niego a pronunciar. No soy más esto que alguna vez creí ser y ya no se cómo mantener una mentira que me cree para ser alguien que siempre quise ser. Estoy posponiendo el momento de sentarme a aceptar, de una puta vez, que tengo que dejar de mentir.

Después de la calma viene la tormenta. No escribo, sí, de eso ya me di cuenta. Pero cuando dejo de poner bloqueos mentales a mi masa encefálica, caen en torrentes todos esos pensamientos que callé. Puedo no plantearme la existencialidad de mi vida, pero lo siento. Y, rompiendo más mitos y creencias, sentir con el cerebro a veces es mucho más duro que sentir con el corazón. Racionalizo todo. Desde porqué creí que estaba bien ponerme este pantalón que me queda tan como el orto (y más aún porqué carajos lo compré) hasta la razón de que no me guste el té. Pienso cada paso, cada momento, cada sentimiento que tengo. Si me dolió lo que dijiste no me quedo solo en el dolor. Lo pienso. Qué pasa en mí que me genera este dolor. Por qué. Por qué. Por qué. Y es agotador, créanme. Es intenso estar pasando por algo y tener que entenderlo. A veces, solo a veces, necesito algo tan simple cómo solo querer llorar y no saber qué me lo causa.

En estos últimos noventa y un días de no escribir me pasaron mil cosas. Tanto que quise bajar a tierra y no pude. Tanto que me quise sacar de encima y no me salió. Me vibró mucho el cuerpo de energía contenida, de males sin canalizar. De todo lo que sé que soy, nunca supe encarar las formas de manera diferente. Yo escribo lo que me duele. Dejo ir en palabras lo que me aqueja. Y no pude, entonces lo contuve. Al contenerlo deje mi dolor cargado de energía guardado en mi cuerpo. Se murió gente y yo no pude hacer nada al respecto. No pude llorar porque no era racional. Porque cuando alguien se muere y lo queres mucho, llorar no lo vuelve a la vida. Entonces me senté mirando la pared pensando en cosas buenas.  Porque algo bueno tiene que haber. Aún en la mierda de la muerte algo bueno hay. Esta vez no. No lo encontré. No lo pude bajar, escribir, procesar o llorar. Entonces acá tengo toda mi energía. Hecha protones, neutrones e iones, acumulados en mi cuerpo y chocándose unos a otros, si acaso eso es posible.

En estos noventa y un días, en los que no enfrenté mis pensamientos ni lloré lo necesario, aprendí a celebrar la vida. Es el cliché más grande que alguna vez dije (y eso que #soltar es mi cliché de preferencia), pero es la verdad. No pude pensar en todo lo que necesitaba. Me mentí a mi misma constantemente. Dije más veces “está todo bien” de las que pronuncié en 24 años de vida. No quise enfrentarme en el espejo y decirme que deje de caretearla. Que siento lo que siento, que me duele lo que me duele, que me confunde lo que me confunde. Fue mucho más fácil ocultarme, hacer silencio y seguir con mi corriente impuesta. Y en ese quilombo, que me armé yo solita y a mi medida, entendí que tengo que festejar. Todo el tiempo, todos los días. Que la vida, vaya si lo entendí a la fuerza, es cortísima. Que no me puedo detener en algo que me va a dejar frenada por mucho tiempo, porque no lo tengo. No tengo tiempo para hacer todo lo que quiero hacer. No tengo minutos de sobra, me faltan constantemente los segundos. No quiero estar estática nunca más, y por eso hay que festejar. Sin parar. Tuve que entender que se iba la vida para querer hacerle una fiesta.

En noventa y un días me reí a carcajadas cada vez que lo sentí necesario. Aún cuando la situación no era la correcta, aunque todo el mundo me mire mal, aunque en mi risa se vean mis defectos. Reírme sólo y por placer. Aprendí a dejarme llevar por el impulso, haciendo lo que tenía ganas de hacer cuando tenía ganas de hacerlo. A no frenarme por pensar que algo está mal, aunque a mí me haga bien. Dejé de pensar en las consecuencias a futuro, si me servía o no lo que estaba haciendo. Dejé de cuidarme al exponerme, de levantar paredes a mí al rededor, y empecé a mostrar un poco más mi corazón, llevándolo en la mano para quien quiera tenerlo. Extrañé muchísimo el pasado y se lo dije, pidiéndole que vuelva a abrazarme un rato, a hacerme sentir bien. Me di la cara contra la pared  y, lejos de lamentarlo, festejé haber llegado tan lejos para darme cuenta. Tuve un pensamiento que duró dos segundos, hace noventa y un días, y hoy todavía me vuelve loca. Decidí que si me gusta alguien está bien, que es sano, que no pasa nada. Tengo que dejar de creer que no puedo gustar de alguien porque pienso que nadie puede gustar de mí. Aprendí a aceptarme, a quererme, a respetarme. A perdonarme, sobretodo. Aprendí que tengo que celebrar porque la vida es una mierda, pero cuando me rio me deja de importar.

En noventa y un días me curé del espanto, me hice chiquita, necesité mucho amor. Perdí a alguien que quise muchísimo y lo único que necesite es que me abracen. No lo conseguí. Y en ese quilombo de dejar mi mente vagar y pensar que no tengo lo que quiero, me di cuenta que lo tuve mucho tiempo y está bien. Tengo que aprender a curarme sola. Tengo que aprender a luchar mis propias batallas. Tengo que dejar de poner en manos de los demás mi felicidad. En noventa y un días entendí que no está mal la soledad, pero cuando te acompaña gente que querés es mucho mejor. Aprendí a dividir mi dolor, a mostrárselo a otros, a no encerrarme en lo que yo pienso. También entendí que puedo todo. Y esa fue la revelación más importante.

En estos tres meses, que me pasaron tantas cosas, crecí un montón. Está bien si no vuelvo a escribir cómo me gustaría. Perfecto si no me sale nunca nada más, si Alma y Mandala no vuelven a tener voz y su historia queda en la nada. Está bien, de verdad. Porque no sé que quiero ser, no tengo ni idea a dónde quiero ir y me queda descubrirlo. Puede que mañana me levante y me ponga a escribir, puede que ahora pasen seis meses. Quizás me cae la inspiración mirando el cactus de mi ventana, o tal vez simplemente nunca llegue. Lo que sí sé es que todo lo que me callé en estos casi cien días necesito decirlo: Estoy triste. Me siento sola. No me encuentro. Estoy perdida. Me duele todo. Ya no tengo más ganas de pelearla. Quiero dejar lo que hago. Quiero renunciar. Me quiero ir a la garcha. Basta. Me siento usada. No entiendo qué carajo queres. Me extrañas?. Es esto o es algo más?. Me defraudaste. Perdón. Perdón. Perdón. No quise lastimarte. No quise meterme en el medio. Ojala me digas lo que realmente pensas. Me duele sentirte lejos. Me siento sola todo el puto tiempo. No me entienden. No me quiero esconder más. No quiero mentir más. Odio hacer las cosas a escondidas. No sabes quién soy. Gracias. Gracias. Gracias. Gracias. Gracias. Gracias. Gracias por salvarme. Gracias por abrazarme. Gracias por volver. No te vayas nunca. Seguir riéndonos a carcajadas, por favor. No necesito que me entiendas a veces. Me haces muy bien. Crezco porque estas cerca. Gracias por no elegirme. No necesito que te quedes, te podes ir. Gracias por abrazarme más fuerte. Me gustas, mucho. Te quiero. Gracias por darme mi espacio. Te valoro, muchísimo. Sos todo el bien del universo. Te quiero, de nuevo. Ojalá todo siga igual de bien, siempre. Gracias, de corazón.

En las últimas veinticuatro horas no me mentí. Y ayer, entre querer hacer silencio y gritar con toda mi fuerza, le dije a alguien lo que me estaba pasando. En algún punto empecé a caretearla por miedo de meter en mis quilombos a los que me rodean. No entendí, hasta verlo con mis propios ojos, que cuando alguien te quiere lo hace por entero. Te quieren entera. Que si comparto lo que me pasa, lo que me duele, lo que me pesa, me van a entender.  Me di cuenta que me había olvidado lo más importante: elegí celebrar la vida porque cuando lo hago con la gente que quiero, soy mucho más feliz. Como ahora.

 

 

 

Advertencias.

Te dije que no te enamores. Te lo advertí de antemano: no va a terminar bien. Pero no podes con vos misma. Sos terca, desafiante y cabeza dura. No te iba a parar una advertencia. Nunca lo hizo, por qué lo haría ahora. Así que acá estamos, en una situación que no ayuda a nadie. Vos vas a llorar y yo voy a tener que comerme mis gritos para no ponerte peor. Si. No me lo niegues. Vas a llorar porque de nuevo vas a tener el corazón partido en mil y yo necesito acompañarte. Es mas fuerte que yo tanto como para vos es más fuerte darle rienda suelta a tu imaginación. Acá no pasaba nada pero para vos pasó todo.

Ahora que hiciste lo que quisiste tenes que pagar las consecuencias de dejarte llevar. Tendrías que haber parado la moto. No todo el mundo que muestra interés realmente está interesado. Y jure, fuerte, que ya lo habías entendido. No te alcanzaron la cantidad de veces que te levanté del suelo. No. Vos siempre vas por más. Crees más en el amor que lo que yo creo en la cerveza. Y entendes de qué te hablo. Es lunes y vos, otra vez, queres largar todo e irte a vivir al ártico. Lo que nadie te dice es que allá vas a sentir lo mismo que acá.

No sé si alguna vez lo entenderás. Quizás para la próxima te des cuenta vos sola y no te entregues tan rápido, urgente y al desnudo. A veces no hace falta entregar el cuerpo para quedar enredada en una historia. A veces simplemente basta con entregar el alma sin pensar, ni un segundo, en si la otra persona lo quiere recibir. En cierta forma a vos te falta eso: percibir si a quién se lo entregas lo quiere, o solo está de paso en tu vida.

No me mires así. Si, ya sé. Quién soy yo para decirte todo esto, no?.  Quizás lo digo desde la experiencia, o quizás te lo estoy diciendo porque me hace mal verte así. De cualquier manera: no. No tengo derecho a decir absolutamente nada. Porque te entiendo y vos sabes que lo hago. Porque yo estoy todo el tiempo en tu situación y me duele todo como a vos te está doliendo ahora. Por que, quiera o no, soy siempre la primera en caer y no se como frenarme. Pero espero que algún día diciéndote todo esto yo lo entienda también. Y vos no tengas que levantar ningún pedacito mio. Que ninguna de las dos tenga que pagar los platos rotos de la otra.

Por ahora todo lo que sé es que vos y yo somos iguales. Que no podemos frenarnos cuando algo nos resulta posible. Que la visceralidad que manejamos nos pone en situaciones limites y escalofriantes. Que nunca te sentís tan viva como cuando te reís a carcajadas. Y por eso buscas todo para hacerlo diariamente. Para no parar de sentir como el corazón te late a mil y los colores parecen más vividos que nunca. Que cada vez que entregamos el alma lo hacemos de verdad, entera, limpia y transparente. Porque siempre tenemos la sensación de que esta vez es la correcta, la de verdad, la que nos va a hacer vibrar el cuerpo para siempre. Porque es mejor vivir de ilusiones que tener el corazón constantemente apagado por miedo.

Yo te entiendo perfectamente y por eso no puedo dejar de decírtelo: por favor, amiga: no te enamores. Que podemos encontrar mil otras cosas para sentirnos vivas. No hace falta que nos rompamos en mil pedazos para seguir encontrando formas de sentir el corazón galopar. O quizás yo estoy muy equivocada y esta es la forma perfecta. Porque no hay nada más lindo que sentir la risa calar los huesos y la alegría entrando a caudales por los poros. Y que al final nos dimos cuenta, queramos o no, siempre se vuelve a entregar el alma y se vuelve a sentir. Si total: todos resurgimos de las propias cenizas de nuestros amores fallidos.

un mail.

20 de noviembre de 2015

De: Ciro

Para: Alma

Asunto: no tengo ni idea porqué

 

La mire fijo y me quede pensando en un montón de cosas al mismo tiempo. No sabía que eso era posible hasta que me la quede viendo a ella. Tenía algo que te hacia clavarle los ojos y querer mirarla por siempre. Como un imán, algo que te ataba, te dejaba clavado ahí: a su merced. Podrían haber pasado mil horas, doce estaciones y un meteorito pero yo seguía ahí y sin planes de dejar de hacerlo. Sospecho que nunca se dio cuenta o que le importó muy poco tener mis ojos encima porque ni se inmuto. No se movió, no me devolvió la mirada o siquiera sonrió. Se quedo ahí, estática y estoica, mirando para afuera y ensimismada en ella misma. Estaba en su mundo mientras el resto de los mortales estábamos afuera queriendo entrar.

Hubo un solo pedido: no te enamores de ella. Así, sin ninguna explicación más. De hecho fue mucho más directo cómo me lo dijeron. Algo como “hace lo que quieras. Total libertad a todo lo que tengas ganas pero bajo ningún concepto te enamores de ella. Es lo único que no podes hacer”. Yo no puedo controlar mis impulsos. Soy un ser de esos que les decís que no toquen algo pero van y lo hacen. Porque necesito hacerlo. Me nace del cuerpo ese fuego que me repite una y otra vez que vaya y lo haga. Que pruebe a ver qué pasa si lo toco, si rompo esa única regla. Porque soy impulsivo y necesito vivir de eso. De la adrenalina de estar haciendo algo que me pidieron que no haga. De lo rápido que corre la sangre en mis venas sólo por pensar que algo puede llegar a pasar. De sentirme siempre al borde, al límite, justo ahí. Casi llegando, casi cayendo. Porque soy intenso y ese día me dijeron que no me enamore de ella. Y yo, así, sin conocerla: creo que ya la quería.

El día que la conocí yo estaba sentado en una esquina de un bar. Birrita en mano, pucho y una charla que seguro me estaba haciendo reír. Porque siempre me rio y sé que no era la excepción. De repente sentí una electricidad en el cuerpo que me llamó la atención, porque no pasan esas cosas. Eso es de libro, de novela romántica que quiere asegurarle a su lector que puede pasar, que si lee lo suficiente ese tipo de historias un día va a entrar a un lugar e instaneamente se va a enamorar. Es de quinceañera que todavía cree en el amor a primera vista y en que todo puede pasar. Pero te juro, y sabes que no te miento, que me pasó. Sentí un escalofrío en la espalda, levante la cabeza y cómo si fuese por arte de magia: por la puerta entraba ella. Faltaba que la luz la enfoque mágicamente y que de fondo suene una canción de amor pedorra y yo me creía todo libro romántico que alguna vez leí. Pero  aparecía y yo no podía dejar de mirarla. De seguirla, de querer levantarme y que camine sobre mi si era necesario.

Estaba desaliñada, perdida, buscando para todos lados a alguien. De vestido, zapatillas y nada de maquillaje. Desentonando entre la gente arreglada y alineada, como si fuese distinta. Y yo en la otra punta con cara de idiota mientras la miraba recorrer las mesas. Encontró una, saludó, largó la carcajada más rara que escuché en la vida y se sentó.  Parecía que todo seguía igual, pero no. Yo no estaba igual. La necesitaba. Pero de verdad, de una forma muy rara. Sabía que no me podía volver a mi casa sin su nombre al menos, sin haberle escuchado la voz, sin saber que podría llegar a verla de nuevo. Quería hacerla reír, que me escuche atenta y me diga algo personal. Que me cuente su historia, su vida, a donde quiere llegar y cuántos hijos le gustaría tener. Y mientras pensaba en todo esto me di cuenta que soy bastante pelotudo. Me costó toda la vida creer en el amor y esta piba, que no había visto nunca antes, me estaba haciendo pensar en una casa con jardín y muchos humanos chiquitos parecidos a ella. Es que estas cosas te cambian el tablero de lugar. Te descolocan. Lo que pasa es que todavía no entendía que estaba pasando.

Después de reírse de mí y mi comportamiento repentino, mi amigo fue y las invitó a nuestra mesa. Casi me muero de la vergüenza cuando ella y sus dos amigas se pararon y vinieron hacía dónde estaba sentado. De repente la esquina me parecía muy chica, horrible y mal oliente. De repente yo me sentía un nabo y ella caminaba sonriéndome. A mí. Ahí debo haberme enamorado fuerte. Debe ser ese segundo, ese momento, donde crees que dicen que al rededor queda todo como en mute y no importa más. Ella y yo. Mirándonos a los ojos, sonriéndonos, por ese primer encuentro que – sentía yo – nos iba a cambiar la historia.

De agua fiestas nomas te digo que no cambió nada ni hubo fuegos artificiales en el momento en el que ella tomo asiento justo enfrente mío. Las piernas casi se tocaban y la electricidad corría por mi sangre. Ahí estábamos en ese momento justo, casi preciso, en el que abrió la boca y hablo. Tembló todo. Yo no sé si hubo un terremoto en algún punto del mundo o fue solo mi centro interior que tembló fuerte y sin descanso. Mire a mis compañeros de mesa y nadie había notado nada. Pero yo seguía sintiendo el temblor mientras ella se presentaba con una voz que no había escuchado nunca. Una parte mía no paraba de reírse de mí al grito de “sos un pelotudo mira como te pones por una voz”. Suave, delicada, escondiendo tantas cosas. Entre ese tono y sus ojos que, definitivamente, decían que habían pasado mil cosas, no podía dejar de mirarla. De admirarla. De querer hacerla mía, para siempre. DE sacarle esa mirada de cordero triste y llenarla de brillo. Y se río de verdad y a mí se me cayó toda estantería bien atornillada. Supe, así, sin más, que no iba a salir de ésta. Cuanta razón tenia, la puta madre.

Hablamos un montón como habla todo el mundo. Entre todos, a los gritos, medio entre risas y un poco de birra. Hasta que se hizo la hora de irse y la vi alejarse. En su camino a la salida la vi girar un poco y saludarme con la mano. A mí y solo a mí. Tenía los ojos de mi amigo clavados en la nuca esperando que yo me de cuenta que estaba pasando. Y como si me hubiese dado una orden silenciosa, me levante de un salto y salí corriendo. Media cuadra después, casi sin aire, la frene en seco. Necesito volver a verte, le dije. Sin anestesia. Se rio muy débilmente y me dijo que sí, que dale. Y yo sentí que era dueño de todo el universo en ese mismo momento. Cuando volví a la mesa mi amigo, entre pagar cuentas y mi cara de idiota, me dijo lo que me dijo. La única regla. La que más necesite romper.

Salimos un par de veces y siempre volví a mi casa con la misma sensación de estar flotando. Entre tener el sabor de su boca en la mía y el corazón palpitando a mil me di cuenta que no podía estar más enterrado porque no me daba la tierra. Que era difícil salir de esta, que me tenia agarrado de las pelotas y que, por más que yo nunca quisiera, la iba a tener siempre clavada en medio del corazón. Fue uno de esos amores fuertes y feroces. Que te estaquean el alma y te desangran entre nervios y risas. De esas historias que no podes parar de contar y, pase lo que pase, te sigue haciendo bien cada vez que la revivís. Me llevó a lo más alto, me hizo sentir el superhéroe más importante del cuento y pelear con mi espada de plástico a una gran cantidad de dragones inexistentes. Una historia de amor de esas que todos quieren vivir para sentir, por primera vez, que las comedias románticas existen porque las cosas pasan. En la vida real pasan.

La mire fijo y pensé en todas estas cosas mientras volvíamos en un tren mal tratado de algún lugar del conurbano. En esos paseos en los que chapábamos en una esquina y nos hacíamos reír. Parecíamos salidos de cuento mientras cantábamos por callecitas oscuras llenas de turbiedades y en un arranque la abrazaba fuerte, como si no quisiera dejarla ir. Como si supiese lo que iba a pasar. Estando en la cresta de la ola fue cuando entre tanto mirarla, imantado por ella y su esencia, que me di cuenta que todo tiene fecha de vencimiento. La comida, las flores, las películas, ella y yo.

Y acá estoy. Contándote esta historia porque sé que tiene sentido que lo haga. Que agarre mi computadora, me siente en un balcón y con un pucho te escriba este mail. Lo tiene porque en este quilombo aprendí que aunque tiene fecha de vencimiento  no me impide estar acá y disfrutarlo. Verla reírse, disfrutar, querer y cantar hace que valga la pena que hoy, mañana o en diez años todo termine. Todo termina, si, pero vos y yo también. Entonces hay que disfrutar igual. Entonces quiero verla reírse todo el tiempo que tenga posible. Y después llorare, pataleare y me peleare con todo el mundo como hago cada vez que me dejan. O la dejare yo porque no soportare más todas esas cosas que ahora me parecen tan perfectas. Pero lo habré vivido y con eso, Almita, me basta y me sobra.

Lo demás, amiga, es cotillón y arrepentimientos.

Te abrazo,

Ciro.

 

 

 

– Manifiesto –

Yo soy. Yo estoy. Yo vivo. Esto, eso y lo otro. Acá, plantada, en este espacio. Yo vine a cambiarme, a sentirme, a llevarme a otro lado. Yo vine por mí. Para salvarme. Para abrazarme, para no dejar de quererme así: desatada. Vine a dejar en claro qué quiero, a encontrarlo cuando lo necesito. Vine romper mis barreras y tus estereotipos. Estoy acá para manifestarme, para no callarme nada.

Soy lluvia, de esa que cae fuerte, que te moja hasta los huesos y te hace cagar de frio. Soy el momento en plena tormenta dónde no hay techito, en el que todo se inunda, en dónde no sabes qué hacer. Soy ese viento fuerte que sopla, que arrasa, que se lleva todo a su paso. Soy un huracán que viene a sacarte todo, de raíz, a dejarte en cero para que vuelvas a empezar. Soy un desastre natural que no tiene misericordia, que destruye, que te lleva. Soy todo lo que no se puede calmar, la furia de la ola que rompe fuerte contra una piedra, la fuerza del mar que te arrastra, la corriente que no encuentra piedad y te quiere ahogar. Soy todo eso que no te deja estar quieto.

Soy cada pena que cargo, cada silencio que hice para no molestar. Soy esa mirada de desprecio que de vez en cuando a alguien se le escapa. Soy la tristeza de no pertenecer. Soy el dolor que me genera que me juzgues. Soy lo que desencadena tu desamor: esa rabia que genera tu no-querer. Soy eso que pensás cada vez que me miras. Soy cada momento en que me dejaron de lado, en el que menospreciaron. Soy un conjunto de adjetivos que me pusieron, cada vez que me insultaron. Soy eso que sentiste cada vez que te bardearon. Soy cada dolor que me generaste, cada herida que me abriste. Soy cada uno a los que lastimaste, a aquellos que trataste por menos. Soy todo eso menos que alguna vez me hiciste creer. Soy mucho más de lo que vos crees.

Soy lo que está bajo mi ropa. Soy eso que late, que todavía no ves. Soy cada prenda que me pongo a la mañana, esas que elijo rápido, casi sin ver. Soy todo lo que uso un viernes a la noche. Soy esa pollera cortita, esos tacos altos, esa remera roja. Soy lo que vos no quisiste verme puesto. Soy tus ojos juzgándome porque no te gusta lo que me puse. Soy estas medias que uso con dibujitos. Soy mi ropa interior vieja. Soy cada anillo que decido usar. Soy lo que no encontrás, lo que no te das cuenta de mí. Soy esta, a cara lavada, con marcas en la piel. Soy cada grano que me salió. Soy el acné tardío. Soy mis kilos de más, mi percepción de la belleza. Soy la tristeza que me genera el espejo. Soy el desacuerdo a los cánones normales de lindura. Soy las ganas de aceptarme mal proporcionada. Soy cada bocado que no comí por querer ser más linda para gente como vos. Soy la equivocación. Soy el sentimiento de no gustarme, de quizás no quererme. Soy este cuerpo, como es, como vino. Soy mis dolores menstruales. Soy el ejercicio diario de aceptarme. Soy lo que tengo que ser, no lo que vos queres que sea. Soy eso, y está bien.

Soy todo esto en un conjunto. Soy un cerebro que piensa, que le duele tu indiferencia. Soy el constante deseo de avanzar. Soy todo eso que no logro dejar atrás. Soy la que decide con quién, cuándo y porqué. Soy la que desea lo que tiene ganas y lo exterioriza. O no. Soy eso que me callo para guardarme. Soy eso que necesito y no te quiero decir. Soy el enojo que me genera la sociedad. Soy víctima de la mirada de un hombre. Soy mucho más que una simple palabra. Soy eso que te demuestran mis ojos cada vez que le decís puta a una mujer. Soy mujer, con miedo o sin él. Soy mucho más de lo que vos crees que soy, aunque te duela.

Soy el cansancio que me regala cada noticia sobre la violencia. Soy mi propia lucha contra ella, contra el maltrato. Soy un montón de cosas que valen más que tus insultos. Soy la que no merece tu desprecio. Soy un dolor. Soy el bullying que me haces. Soy tus chistes a mis fanatismos. Soy todo eso que creo, porque lo creo.

Soy esta que late, que sueña, que ama. Soy y con eso basta. Soy a pesar de lo que vos creas de mí. Soy, y al final, es lo único que importa. Y no pienso calmarme nunca. No pienso, y así lo manifiesto, nunca dejar de ser esta.

Te escribo por cobarde y sin voz.

[…. Te escribo porque a veces hablarte no me resulta fácil. Me mirás y me desarmo por entera. En vez de decirte lo que quiero decir, me callo la bocay me llamo a silencio. Te escribo porque, definitivamente, lo mio son las palabras escritas. Con un hilo, sin hilar, con o sin sentido: es la única forma de la que me puedo explicar. Te escribo por cobarde, miedosa, sensiblona y poco cuerda. Te escribo para no mirarte, por si te llego a lastimar (más), para no hacerle frente a tu ceño fruncido, a tus ojos queriendo esconder lo que sentís. Lo hago para no tener que afrontar que tenemos que hablar y, sobretodo, para no dejarme llevar por las ganas de tu abrazo.

Me siento acá a escribirte porque ya no duermo. Me paso horas sentada en mi cama, jugando con la luz, buscando en libros un personaje que me enamore para, así, desenamorarme un poquito de vos. Pero pasan los días, los libros, las hojas y los hombres de papel y sigo acá: comparandote y viendote ganar cada vez. Quizás porque te extraño. Quizás porque tu abrazo calma toda tempestad. Cuando no estás los demonios atacan fuerte, sin descanso, y ahora que te fuiste podrás imaginar porque no duermo. Y porque, al final, siempre triunfás conmigo.

Te sigo escribiendo porque ya no puedo comer. Descubrí el por qué unos días después de la última vez que nos vimos: antes, más que nada, comía para vos. Era cómo un triunfo chiquito, una alegría que me gustaba regalarte. Era cómo decirte: mirá, me arreglé, ahora ingiero comida sin problemas. Fueron tantas las veces que te hice chistes con mi peso, con vos dejandome de querer por gorda, que al final te cansaste. Y eso, claro, fue mi culpa. Usé cada bocado como un triunfo. Me gané a mi misma cada vez que no me quise por no ser lo suficiente para vos, me llené la pansa aún cuando sentía que no debía. Use todo el tiempo posible para ser perfecta para vos. Eso también fue mi culpa: entre chistes mal hechos y almuerzos comidos, no pude ver que quizás vos no me querías perfecta. Si no tan sólo yo. Tal vez me querías imperfecta.

Ojalá no te moleste que siga escribieno, pero lo sigo haciendo porque debo aceptar la realidad: todo fue mi culpa. Me quise volver transparente, dejé a la vista todos mis miedos y cicatrices, y llegado el momento vos te cansaste de no ver ningún color en mí. Y eso está bien, te prometo que sí. No tendrías que haber soportado tanto. Te llené de silencios, de penas ajenas, de promesas sin cumplir. Te llené de momentos perdidos, de llantos desconsolados, de palabras que no tendría que haber dicho. Te llené de mis miedos, mis inseguridades, de errores, de libros y palabras de amor. Pero nada, ni lo bueno ni lo malo, alcanzó: y eso fue culpa mía.

Sigo acá, escribiendote, porque no sé hablar. No sé pedirte con la voz que peleés por mí. Qué luches contra mis quilombos y me sigas queriendo a pesar de todo. Para que dejes de lado el silencio y hagas lo que yo no puedo hacer: hablar. Para que me abraces, me saques la culpa y me liberes el alma de tanto desamor que yo misma me causé. Para que me perdones, me sigas amando, me quieras así de complicada, llena de pesadillas. Para que me elijas en el silencio y en el llanto desconsolado de no saber qué me pasa. Para que ganes mi batalla, me salves del quilombo y me vuelvas a querer tan imperfecta.

Te escribo para que me disculpes la cobardía de no poder decirlo en voz alta.

Pero acá estoy, cómo mejor sé, amando en palabras.

Ojalá, en todo este quilombo, eligieses leerme.

Mientras tanto acá sigo, escribiendote.  ]